
Me tomó 4 años volver a la Montaña Maravillosa, un largo tiempo de miedo y continuas excusas. Es increíble como aún puede aterrorizarme al punto de la inmovilidad tomarme el tiempo de conocer quien soy realmente. Cada vez que pensaba en volver al Venuvana me invadía el miedo a volver a experimentar el dolor más intenso que he vivido en esta efímera encarnación.
En un momento de valor de esos que no se me presentan tan continuamente como quisiera tomé la decisión de volver y me atreverme a enfrentar el miedo. No existe otra forma de salir vencedor que enfrentarlo y atravesar su oscuridad hasta llegar a su núcleo, tomarlo con una mano y darse cuenta lo diminuto que es ante el milagro de la vida para darse cuenta que ya no hiere como antes, que ha perdido todo el control que solía ejercer sobre mi.
Para mi sorpresa y conmoción entre toda la sensibilidad y el dolor encontré con un muro de insensibilidad que por mi afán de desapego a todas las cosas vine creando por años a fuerza de distancia emocional y falta de amor propio.
La mente es la cosa más exquisitamente compleja que existe, pero sin conexión espiritual no somos nadie, por eso debemos llegar al fondo de nuestros miedos y deseos, de nuestros limites y tolerancias, ya que solo así podemos expandirlos y con ellos a nuestro ser. Debía experimentar esa conexión sin limites, para liberarme de las cadenas de mis condicionamientos y exclusiones.
El Dhamma es la mejor herramienta que se ha puesto a mi disposición para diseccionar mi mente, corazón y espíritu; tomar lo que me sirve y a partir de esa solida base comenzar a construir al ser que quiero, uno que a través de la fuerza del amor sea capaz de crear un universo holístico de paz y armonía. Hoy me siento con fuerzas de soltar la pala y empuñar el cincel para comenzar a derrumbar ladrillo a ladrillo ese muro que construí toda mi vida.
Bhavatu sabba mangalam. Sadhu!





















